lunes

LA DESPENALIZACIÓN DEL ABORTO, UN DEBATE PENDIENTE


Por Luis R. Delgado J. (10/2009)
El pasado 28 de septiembre se volvió a conmemorar el Día por la despenalización del aborto en América Latina y el Caribe. En muchas partes del continente hubo movilizaciones de grupos feministas, de militantes de izquierda, de hombres y mujeres que apuestan por la superación de una de las situaciones más anacrónicas de nuestras sociedades, la ilegalidad de la interrupción voluntaria del embarazo, hecho que ocasiona anualmente decenas de miles de muertes innecesarias de mujeres predominantemente pobres.

En Venezuela pese haberse llevado a cabo un humilde acto en las afueras de la Asamblea Nacional (hecho que debería hacer reflexionar autocríticamente a las distintas organizaciones de izquierda y feministas), lo que más destaca es el afortunado pronunciamiento de la camarada María León Ministra para la Mujer y la Igualdad de Género en torno a la necesidad de despenalizar el aborto, en tanto su penalización contradice los derechos sexuales y reproductivos ciudadanos consagrados en la constitución nacional.


Dicha declaración de la máxima autoridad en materia de la Mujer es un buen paso para iniciar una discusión que se ha postergado demasiado. Resulta absurdo que en estos 10 años de Proceso Bolivariano, existan obstáculos para que se inicie un debate nacional franco y profundo sobre la problemática del aborto. Es lamentable que frente al tema prevalezcan posiciones pragmáticas, dogmáticas y electoreras, lo cual no impide que anualmente en nuestro país se sigan practicando miles de abortos, que a su vez generan muertes en las mujeres que habitan los sectores más empobrecidos.

De esta manera, el hecho de no discutir el problema no implica su no existencia, por más que nos tapemos los ojos la práctica masiva del aborto es una realidad, es una hipocresía no reconocerlo. El detalle está en que debemos abordar el asunto de forma seria y responsable.

Debemos tener claro, que las diferencias de clase también están presentes en esta problemática, mientras la mujer burguesa (o las capas medias) puede pagarse una clínica para abortar sin ningún peligro, la mujer de los sectores populares, obrera o campesina pone en riesgo su vida porque debe practicarse el aborto en condiciones insalubres. Es por lo tanto un problema de salud pública que afecta predominantemente a los sectores más pobres.

En otro orden, no podemos seguir dejándonos chantajear por las iglesias, si la humanidad no se hubiese atrevido a transgredir las pautas que les marcaba la religión no se hubiese desarrollado la ciencia y la técnica tal como hoy la conocemos, no se hubiese superado el oscurantismo feudal, no hubiese avanzado la medicina, creeríamos que la Tierra es plana y centro del Universo, negaríamos la evolución, creeríamos en la generación espontanea, pensaríamos que la superioridad del hombre sobre la mujer es un hecho natural, entre otras barbaridades.

Da pena que diputados y diputadas de la Asamblea Nacional que representan a todos los venezolanos y venezolanas, que salieron electos por votación popular, que de paso se autodefinen como revolucionarios, coloquen por encima sus prejuicios personales, sus creencias, sobre los problemas colectivos, ellos están para legislar y resolver los problemas más acuciantes de la sociedad, no para dictar preceptos morales.

Y es que lamentablemente con respecto a esta problemática del aborto, salen a relucir los más oscuros caracteres de la doble-moral burguesa. Las clases dominantes, los sectores atrasados de la pequeña burguesía, las iglesias promotoras de espacios pro-vida (antifeministas) jamás se han movilizado para defender la Vida humana frente a las guerras, al hambre, a la enfermedad curable, ¡jamás!, ellas se erigen en defensoras del feto, pero no les importa que un misil en Afganistán, Irak o Palestina mate a una mujer preñada.
Me parece pertinente citar in extenso una reflexión hecha por una monja católica, una respetada teóloga feminista brasileña llamada Ivonne Gebara:
“La legalización no significa la afirmación de bondad, de inocencia y menos aun de defensa incondicional y hasta superficial del aborto como hecho, sino apenas la posibilidad de humanizar y adecentar una práctica que es común. La legalización es, apenas, un aspecto coyunturalmente importante de un proceso más amplio de lucha de una sociedad organizada sobre el aborto social de sus hijos y de sus hijas. Una sociedad que no tiene condiciones objetivas para dar empleo, salud, vivienda y escuelas, es una sociedad abortiva. Una sociedad que obliga a las mujeres a escoger entre permanecer en el trabajo o interrumpir un embarazo, es una sociedad abortiva. Una sociedad que continua permitiendo que se hagan test de gravidez (prueba de embarazo) antes de admitir a la mujer a un empleo, es una sociedad abortiva. Una sociedad que silencia la responsabilidad de los varones y sólo culpabiliza a las mujeres, irrespeta sus cuerpos y su historia, es una sociedad excluyente, machista y abortiva”.

En este sentido, promover la despenalización del aborto no es apoyarlo ni mucho menos aplaudirlo, se trata simplemente de una respuesta a una problemática social que nos está matando a miles de compatriotas anualmente, y la única solución es que el Estado este en capacidad de atender con calidad y gratuidad la interrupción voluntaria del embarazo. Esta política social debe venir acompañada de una educación sexual efectiva y eficiente por parte del sistema educativo, los medios de comunicación y la familia, a su vez esto debe combinarse con una distribución masiva, gratuita y permanente de mecanismos anticonceptivos para evitar los embarazos no deseados, sólo así se puede controlar el traumático fenómeno del aborto.

En fin la necesidad de la despenalización del aborto, es ante todo un problema político y sociológico, el cual el Estado Laico venezolano debe darle una respuesta satisfactoria, ya que la postergación de esta reivindicación histórica de los movimientos revolucionarios y feministas, significa la pérdida innecesaria de más vidas que pudiesen ser salvadas.
 
¡Ni una muerta más!

miércoles

¿POR QUÉ REDUCIR LA JORNADA DE TRABAJO?


Gisela Jiménez
Febrero 2012
La reducción de la jornada laboral a 6 horas diarias es una reivindicación fundamental de clase. Otorga la oportunidad de dedicar tiempo a la formación y preparación de los y las trabajadoras; así como para asistir a los centros de educación que permita un desarrollo intelectual y un mejoramiento en su calidad de vida o se tendrían estas dos horas para atender actividades domesticas y familiares, entendiendo que estas también son trabajo. Este punto es de gran valor social y con una clara visión de género para alcanzar la socialización de las labores domesticas en la cual deben coadyuvar hombres y mujeres e iniciar el proceso de descarga del trabajo domestico, tradicionalmente realizado solo por las mujeres. 

La Constitución Bolivariana, en su Disposición Transitoria Cuarta, numeral 3º, segundo párrafo establece: “.... Asimismo, contemplará un conjunto de normas integrales que regulen la jornada laboral y propendan a su disminución progresiva, en los términos previstos en los acuerdos y convenios de la Organización Internacional del Trabajo suscritos por la República” . Esto entre otras cosas debió discutirse y aprobarse al año siguiente de la instalación de la Asamblea Nacional.
Consagrado ese mandato, es imperativa una nueva Ley que cambie las bases y principios de la vigente y responda a los intereses de la clase trabajadora. En tal sentido, la nueva LOT debe establecer la reducción de la jornada laboral, en los siguientes términos:
A objeto que los trabajadores y trabajadoras dispongan de tiempo suficiente para el desarrollo integral de su persona, la jornada de trabajo diurna no excederá de seis horas diarias ni de 36 horas semanales y la nocturna no excederá de seis horas diarias ni de 34 semanales. Ningún patrón o patrona podrá obligar a los trabajadores o trabajadoras a laborar horas o tiempo extraordinario, asimismo deberá programar o organizar los mecanismos para la mejor utilización del tiempo libre en beneficio de la educación, formación integral, desarrollo humano, físico, espiritual, moral, cultural y técnico de los trabajadores y trabajadoras. Los trabajadores y trabajadoras tienen derecho al descanso semanal y vacaciones remunerados en las mismas condiciones que las jornadas efectivamente laboradas.
Permitiendo de esta manera el desarrollo integral del ser humano y sus potencialidades, impulsando definitivamente el proceso de cambio y un nuevo esquema social, basado en los valores de solidaridad, justicia, inclusión social, equidad de género y participación popular.

ENFERMEDADES OCUPACIONALES DE LAS MUJERES, UN DESAFÍO


Yhosmary Franco
Enero 2012
Las enfermedades ocupacionales más comunes declaradas ante el Instituto Nacional de Prevención, Salud y Seguridad Laborales (Inpsasel) son el lumbago ocupacional, trastornos del disco intervertebral y el síndrome del túnel carpiano; enfermedades causadas por trabajos rápidos, repetitivos, que exigen la permanencia inmóvil en equipos de mala adaptación ergonómica. Están relacionadas a trabajos ejercidos principalmente por mujeres, ya que han sido feminizados producto de la división sexual del trabajo, y la naturalización del hecho de que las mujeres necesariamente sirven para ocupar espacios específicos relacionados al cuidado, servicio y mantenimiento: como lo son los trabajos secretariales y administrativos, de costureras, cocineras, entre otros.


También observamos que las enfermedades ocupacionales relacionadas con agentes biológicos son sufridas esencialmente por mujeres en un 61%, esto se debe a la mayor presencia de las mujeres en las áreas de sanidad.

En las industrias textiles donde la mayoría son mujeres, las enfermedades más comunes son por causa de la monotonía, del ruido de las máquinas, posiciones de trabajo, esfuerzo físico, quemaduras y cortadas por la manipulación de planchas y tijeras, o contacto con sustancias químicas que se utilizan en tintorería, exposición a la humedad en las lavanderías. Todas condiciones que impactan drásticamente en la salud de las trabajadoras.

Casi siempre se cree que las enfermedades causadas por estas tareas son menos importantes, pero aunque los riesgos parecen “invisibles” por padecerse en el largo plazo, tienen consecuencias de por vida. Sabemos que los trabajadores también se ven sometidos a enfermedades ocupacionales, la diferencia es a la hora de reconocer los derechos de seguridad y salud laboral, y es aquí donde se observa una clara desigualdad por razón de género.

Por otro lado, la mayoría de las mujeres sufrimos enfermedades ocupacionales que no son reconocidas como tales por la ley, ya que son producto de un trabajo invisibilizado, no remunerado: el trabajo del hogar. Un trabajo que sin duda expone a las mujeres a lesiones y accidentes constantemente, además de las demás enfermedades a las que cualquier ambiente laboral nos hace vulnerables. Tenemos aquí otra bandera de lucha que levantar y un desafío por superar.

TRABAJO DOMÉSTICO: RETO PARA LA DESPATRIARCALIZACIÓN


Por Rebeca Madriz Franco
Diciembre 2011
Los trabajos de cuidado, limpieza y comida que realizamos las mujeres en el hogar, y que históricamente se les ha considerado como no productivos, constituyen  un trabajo de reproducción que resulta indispensable para la sociedad en tanto reproduce las condiciones materiales y espirituales de existencia de las personas, así como la especie misma, y con ello la fuerza de trabajo. Estas actividades se corresponden con la división sexual del trabajo, la cual asigna a las mujeres unas tareas específicas de menor valor social  y económico;  a pesar que de que, como señala Marcela Lagarde, "cuidar es en el momento actual, el verbo más necesario frente al neoliberalismo patriarcal y la globalización inequitativa". Hay que tener en cuenta que una parte mayoritaria de estos trabajos no son remunerados, y otra, el trabajo doméstico remunerado, se hace en las peores condiciones de explotación. 


Son muchos los planteamientos que han surgido frente a la necesidad de buscar una solución al desequilibrio que existe producto de la división entre los llamados ámbitos público y privado, la cual no hace más que reproducir la ideología patriarcal. 

En el caso venezolano, el valor del trabajo doméstico ha adquirido rango constitucional  más sin embargo no se ha materializado. El tema de la salarización es muy polémico, pero creemos que en una primera instancia es necesario, porque en una sociedad mercantilizada como la nuestra, sería una manera de quitarle el velo a una actividad que se considera que es femenina por naturaleza. Un salario, podría significar un gran salto en la sociedad que implique revalorizar el trabajo doméstico y desmitificarlo, porque “en la organización social hegemónica cuidar es ser inferior" (Lagarde, 2003). Por otro lado, no podemos cerrar los ojos frente a la realidad de que para muchas amas de casa, estas labores les corresponden sin cuestionarse en ningún momento su realización, lo que implicaría al menos el autoreconocimiento de las amas de casa como trabajadoras, y podría identificarse más claramente la doble explotación que la sociedad capitalista-patriarcal cierne sobre las mujeres. Podría considerarse éste, un paso táctico para la consecución de objetivos mayores en lo que respecta a la liberación femenina. Lamentablemente la desvalorización social,  está directamente ligada a la desvalorización mercantil, porque la visión clásica de trabajo está vinculada precisamente a la producción de ganancias económicas.

Sin embargo lo más adecuado sería la universalización de la seguridad social, pero los cambios legislativos para nada implican un cambio concreto de la realidad social. El mayor reto es transformar pues la subjetividad que gira en torno a lo considerado "femenino". Es claro además que se presenta una contradicción entre los trabajos tangibles como cocinar, lavar, o planchar, y los trabajos intangibles que tienen lugar en el ámbito doméstico, vinculado más a los cuidados que toca por ejemplo, los afectos y subjetividades. Las labores de cuidado, definitivamente no pueden seguir considerándose un asunto privado ni de mujeres, sino que se hace cada vez más necesario rescatar la participación de los hombres, la corresponsabilidad social y el papel del Estado que garantice la masificación de servicios sociales que tiendan a socializar el trabajo doméstico o lo que es lo mismo a hacer públicas unas actividades que hasta ahora se consideran privadas, y que será posible en la medida que existan centros de cuidados, de niñas y niños así como de adultos, comedores y lavanderías populares, centros de ocio y recreación. En este sentido es necesario denunciar cómo las políticas neoliberales plantean propuestas antagónicas con las señaladas, pese a que unas se puedan considerar más o menos reformistas que otras. Es decir, que para el neoliberalismo estas labores serán consideradas cada vez más privadas, cada vez más familiares, porque ello implica recortes de gastos públicos y privatizaciones necesarias para palear sus constantes crisis.

Es por ello que creemos que deben plantearse diversas estrategias para llegar a conseguir los objetivos fundamentales vinculados a esta temática:
•        Valorizar del trabajo que realizamos las mujeres en el hogar.
•       Socialización del Trabajo Doméstico mediante la creación de una gran red de servicios públicos que ofrezca condiciones laborales óptimas para evitar la precarización que los terminaría convirtiendo en empleos mayoritariamente femeninos.
•        Redistribución de los tiempos de trabajo, estudio y ocio de toda la sociedad.
En una nueva sociedad sin duda, debemos plantearnos la corresponsabilidad en todos los ámbitos de la vida y en condiciones de igualdad real.

Referencias: Lagarde, Marcela (2003). Mujeres cuidadoras: entre la obligación y la satisfacción. SARE 2003 “Cuidar Cuesta: costes y beneficios del cuidado” Emakunde.